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¿Por qué el café recién hecho nunca sabe igual que el café molido?

¿Por qué el café recién hecho nunca sabe igual que el café molido?

En los días previos a la investigación para este artículo, siempre suelo preguntar a amigos, compañeros de equipo y familiares qué dudas tenían sobre el café. Este es mi proceso habitual. Últimamente he estado hablando con mucha gente nueva, y alguien me preguntó por qué el café preparado no sabe tan bien como huele el café molido. Le decepcionaba esa diferencia abismal  entre la fragancia y el sabor. Le di una respuesta breve, pero la pregunta se quedó rondando en mi cabeza los días siguientes, así que aquí estamos. Después de horas de investigación, ustedes van a ser parte de este bololoi en el que me metí.

Al principio pensé que tendría una respuesta relativamente sencilla. Quizás el café preparado simplemente pierde aroma durante la extracción, o tal vez nuestras expectativas se exageran al oler el café recién molido. Pero cuanto más profundizaba, más me daba cuenta de que esta pregunta se sitúa en la intersección entre la química, la ciencia sensorial y la biología humana.

La realidad es que el olor del café recién molido y el sabor del café preparado no son la misma experiencia. Están construidos de manera diferente, se perciben de manera diferente e incluso el cerebro los interpreta de forma distinta. Y una vez que entiendes eso, la distancia entre el aroma y el sabor empieza a tener mucho más sentido.

El sabor del café es complejo

La lengua solo puede detectar un pequeño espectro de sabores básicos: dulzor, amargor, acidez, salado y umami (gustoso, piensen en un caldo Maggi, champiñones, tomates o carne asada). La mayor parte de la complejidad que asociamos con el café (notas florales, frutales, a chocolate, a caramelo, cítricas y especiadas) proviene en realidad de compuestos aromáticos que llegan a nuestro sistema olfativo.

El café viene siendo una de las bebidas químicamente más complejas que consumimos. Científicos han identificado más de 1000 compuestos aromáticos volátiles en el café tostado, aunque solo un grupo más reducido da forma de manera significativa a lo que percibimos en la taza. Lo que más importa aquí es cómo olemos esos compuestos.

Los seres humanos experimentamos el aroma a través de dos vías diferentes:

Tipo de olfato

¿Qué está sucediendo?

Ortonasal

Oler por la nariz

Retronasal

Oler desde la parte posterior de la boca mientras se bebe


Cuando hueles el café recién molido, estás experimentando el aroma ortonasal. Esa es la fragancia intensa que llena inmediatamente el lugar donde estás preparando justo después de moler. Cuando bebes café, en cambio, el aroma viaja por vía retronasal; es decir, los compuestos volátiles se desplazan desde la boca hacia la cavidad nasal mientras el cerebro procesa simultáneamente el amargor, la acidez, la textura y la temperatura.

Aunque ambas vías usan los mismos receptores, el cerebro las trata de manera diferente. En términos sencillos: oler café y beber café son experiencias neurológicamente distintas. Esa diferencia por sí sola ya explica parte del desencuentro.

Moler el café provoca una explosión aromática

El café recién molido huele tan intenso porque la molienda rompe violentamente la estructura celular del grano. El café tostado contiene gases atrapados, especialmente dióxido de carbono (CO₂). En el momento en que se muele el grano, esos gases escapan rápidamente y arrastran consigo los compuestos aromáticos. De repente, cientos de moléculas volátiles se liberan al aire a la vez. Por eso el café recién molido puede oler de forma casi irrealmente expresiva en comparación con la taza ya preparada.

Muchos de los compuestos responsables de ese aroma a café fresco son increíblemente volátiles y frágiles. Algunos desaparecen a los pocos minutos de exponerse al oxígeno.

Uno de los compuestos más importantes se llama 2-furfuriltiol, considerado uno de los principales responsables del característico aroma a tostado del café. El problema es que se degrada extremadamente rápido una vez que el café se prepara.

Así que parte del aroma que más amamos en el café fresco es químicamente inestable desde el principio.

El café preparado es químicamente diferente del café molido

Este fue probablemente el mayor descubrimiento para mí mientras investigaba este tema. Preparar café no es un proceso de transferencia del aroma de los granos molidos al agua. Es un proceso de extracción selectiva.

El agua no disuelve todos los compuestos por igual. Algunos compuestos se extraen rápidamente, mientras que otros requieren más tiempo y energía. Los ácidos se extraen al principio y  los compuestos amargos suelen aparecer más tarde en la preparación.

Esto significa que el líquido de tu taza ya es químicamente diferente del café molido seco antes siquiera de que des el primer sorbo.

Un café subextraído suele saber agrio y ligero porque le faltan compuestos para equilibrar la acidez. Un café sobreextraído arrastra demasiados compuestos amargos, que pueden opacar los aromas delicados.

Pero incluso con una preparación perfecta, persiste otro problema: muchos de los compuestos que huelen muy bien en el café seco se pierden durante la preparación o nunca llegan completamente a tu nariz mientras bebes.

El aroma del café cambia después de la preparación

Uno de los descubrimientos más fascinantes en la química del café es que los compuestos aromáticos no simplemente se evaporan después de prepararlo. Algunos de ellos se transforman activamente en otros compuestos. Investigadores descubrieron que ciertas moléculas responsables del aroma a tostado fresco del café reaccionan con el oxígeno y otros compuestos presentes de forma natural en el café recién hecho. En el proceso, se vuelven inodoros (¡ya no huelen a nada!).

Esto ayuda a explicar por qué el café que se deja demasiado tiempo en una placa caliente o una greca sabe notablemente más plano (como agua caliente y ya). Los compuestos aromáticos no solo escapan al aire; algunos desaparecen químicamente por completo.

También explica por qué el olor del café durante la preparación a veces puede sentirse más expresivo que el sabor de la taza final. El aroma es más intenso en el momento exacto en que esos compuestos volátiles escapan del café.

El amargor cambia cómo percibimos el sabor


Otro factor importante es el propio cerebro: cuando olemos el café molido seco, el cerebro recibe una señal aromática relativamente limpia. Pero mientras bebemos café, el cerebro debe procesar simultáneamente el amargor, la acidez, la textura, la temperatura y el aroma.

El amargor es especialmente relevante aquí porque tiende a dominar la percepción sensorial. El café contiene varios compuestos amargos producidos durante el tueste, y las investigaciones sugieren que un amargor intenso puede suprimir la percepción de los aromas retronasales más delicados. En otras palabras, los compuestos afrutados o florales pueden seguir existiendo en la taza, pero el cerebro presta más atención al amargor.

Esto crea un desajuste sensorial que muchas personas notan de manera inconsciente. El café huele dulce y atractivo, pero la experiencia real al beberlo resulta más seca, más turia o más amarga de lo esperado.


El método de preparación también influye

Los distintos métodos de preparación modifican cómo se comporta el aroma en la taza. Las preparaciones con filtro de papel, como la V60, eliminan una gran parte de los aceites del café. Estos aceites normalmente ayudan a retener los compuestos aromáticos dentro del líquido, así que el café filtrado suele saber más limpio y ligero, pero puede perder cierta intensidad aromática.

Los métodos de inmersión, como la prensa francesa, retienen más aceites, lo que puede crear una textura más pesada y una presencia aromática más intensa durante el consumo.

Esto explica en parte por qué algunos cafés huelen increíble durante la preparación mientras se vierte, pero saben comparativamente más sutiles una vez servidos. Una gran cantidad de aroma puede haber escapado ya al aire antes de que el café llegue a la taza.

Tu boca modifica el café en tiempo real

Por si todo esto fuera poco, la saliva también cambia la percepción del sabor. Una vez que el café entra en la boca, la saliva comienza a interactuar con los ácidos, los compuestos aromáticos y los polifenoles. Ciertos compuestos pueden volverse menos volátiles, mientras que otros pueden degradarse antes de llegar a los receptores olfativos por vía retronasal.

Así que el sabor que experimentamos no es simplemente lo que hay en el café. Es el resultado de una interacción continua entre química y biología que ocurre en tiempo real.


El aroma es la promesa, no el producto final

En muchos sentidos, el olor del café es una versión idealizada de lo que la bebida podría ser. Eso no significa que el café preparado sea decepcionante. Si acaso, hace que el buen café sea aún más impresionante. A pesar de todos los obstáculos químicos y sensoriales involucrados, el café sigue siendo capaz de producir experiencias de sabor extraordinarias.

Y quizás esa es la verdadera conclusión. El aroma del café recién molido y el sabor del café preparado nunca estuvieron destinados a ser idénticos. Uno es un evento aromático concentrado. El otro es una experiencia sensorial mucho más compleja, moldeada por la química, la física y el propio cerebro humano.

Comprender estas diferencias sensoriales puede cambiar por completo la manera en que vivimos el café. Esa curiosidad es una parte importante de lo que inspiró nuestros cursos de análisis sensorial en Capilla del Rosario, donde exploramos cómo interactúan el aroma, el sabor y la percepción a través de catas guiadas y ejercicios prácticos. También se refleja en las diferentes ofertas de café tostado que desarrollamos en la finca, cada una diseñada para resaltar perfiles sensoriales y experiencias de preparación únicas



Referencias

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